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¿Ciencia o ilusión de certidumbres?

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¿CIENCIA O ILUSIÓN DE CERTIDUMBRES?

"…lo incognoscible, como las brujas, goza de buena salud…" Denise Najmaniwch.

En este trabajo sostenemos que es necesario desmitificar el acto de atribución de un objeto a una práctica científica. Proponemos, también, contextualizar la Psicología Social para permeabilizar la teoría y flexibilizar nuestros dispositivos al afuera y a la comunidad, que estuvieron por mucho tiempo separados de nuestras prácticas. Relatamos dos experiencias con talleres teórico – vivenciales que abordan el tema de la contextualización por medio del análisis de la metáfora ¿Salir a la comunidad?. Aportamos, luego, un emergente del trabajo grupal en dichos encuentros, donde los participantes surgieron, para conceptualizar lo grupal de un modo más flexible, tomar en cuenta, por ejemplo, lo que ellos mismos denominaron modalidades implícitas y tácticas de grupabilidad.

Pensamos que adjudicar un objeto a cada disciplina, la cierra a lo nuevo y cristaliza sus investigaciones. Ya que objeto y dispositivos se retroalimentan el uno al otro y se sostienen mutuamente.

Cuando el objeto se modifica, disminuye la confianza en la solidez del dispositivo creado para investigarlo. Ahora bien, si el dispositivo se abriera a otras posibilidades, acaso llevaría a replanteos del objeto, que está establecido como el eje en torno al cual gira una disciplina.

Proponemos, por consiguiente, incluir la temática del contexto, considerándolo no sólo como aquello que rodea a nuestro objeto de conocimiento, y por lo tanto, a nuestra praxis y a nosotros mismos en tanto psicólogos sociales. Sino, también, como la trama que nos constituye, que nos imbrica mutuamente con lo que nos rodea, la red que nos incluye y configura el tejido interno de nuestras vivencias. Desde esta perspectiva, es posible no linealizar, ya que no se delimita un objeto único, externo a nosotros y del que nuestra disciplina pueda dar cuenta desde afuera; por el contrario, se torna necesario complejizar y reconocer la implicación del operador.

Interrogamos las metáforas que constituyen los discursos de la Psicología Social que practicamos y, desde ahí, producen efectos en nuestras praxis. Según Lakoff y Johnson, la metáfora impregna nuestra vida cotidiana, no sólo el lenguaje y la palabra, sino también el pensamiento y la acción. Estos autores afirman que nuestros conceptos, en términos de los cuales pensamos y actuamos, son fundamentalmente de naturaleza metafórica. Y que esos conceptos estructuran lo que percibimos, cómo nos movemos en el mundo, cómo nos relacionamos con otras personas. Según este enfoque, lo que caracteriza a las metáforas es entender y experimentar una cosa en términos de otra; ellas estructuran lo que hacemos y cómo entendemos lo que hacemos. Es imprescindible revisar nuestras metáforas referidas a la Psicología Social, pues las mismas, más que dar cuenta de una realidad, nos delimitan cierto abanico posible de percepciones, nos abren algunas posibilidades de construir el mundo y nos impiden otras; impedimento que, habitualmente, no percibimos, ya que abanico damos por supuesto que aquello que construimos desde nuestro perceptual, es la realidad. Esta construcción se naturaliza y es vivida como dada, ejemplificamos esta situación más adelante, con la metáfora Salir a la Comunidad.

Se impone, por consiguiente, revisar las metáforas que nos construyen como psicólogos sociales y en tanto coordinadores y observadores. Podremos, entonces, abrir nuevos abanicos perceptivo-conceptuales, adecuados a los agitados tiempos que vivimos y que desafían a nuestros dispositivos.

Consideramos al objeto de una ciencia o de una disciplina como un modo consensuado de metaforizar la visión del mundo y el abanico perceptivo conceptual que propone dicha actividad. Sugerimos, como aporte al enriquecimiento y revitalización de nuestra praxis, pensarla desde enfoques que buscan desesencializar, complejizar y dar cabida al azar y a lo incognoscible.

¿Es posible que en tiempos de crisis y cambios de paradigmas, la idea de delimitar claramente nuestro objeto de estudio, surja como un intento de organizar el caos? ¿El objeto de la Psicología Social emergería, de este modo, como una respuesta organizada, para apaciguar la incertidumbre vital propia del fin del milenio?.¿ Qué otras alternativas de revitalización de nuestras propuestas nos caben a quienes trabajamos con grupos?

Postulamos que, lejos de producir las aperturas necesarias en nuestros enfoques y dispositivos, la búsqueda de objetos de referencia para los mismos contribuiría a un mayor cierre de campos, cuando lo que hoy necesitamos es regenerar los contactos con los ámbitos que los constituyen, pero que quedaron ubicados por afuera de los mismos. Externalización cristalizada como efecto del encapsulamiento del objeto, de los dispositivos y de los enfoques.

¿Es lícito pensar que nos impregnan dos malentendidos: uno, que considera necesario proponer un objeto para la Psicología Social, dando por supuesto que el mismo tiene una existencia externa y real, independiente de la mirada que lo recorta y construye como tal y otro, anquilosado por el hábito, que toma como sinónimos a la Psicología Social y al Grupo Operativo? ¿Qué efectos de autocentramiento y secundarización de lo así ubicado produjo como ajeno a lo propio y, por consiguiente, esencial, produjo dicho cierre? ¿ Es necesario aclarar que el supuesto que se naturalizó más paradojalmente fue el de considerar a la Psicología Social, creada para producir y colaborar en los cambios, como una y única, con el mismo objeto para todos los lugares, las épocas y los entramados sociales? Esta paradoja, al agudizarse hoy, lleva a sentir desesperanza y desconfianza en las posibilidades de nuestros dispositivos y de nuestras teorías; dudamos de que las mismas puedan dar cuenta de una cotidianeidad que se percibe como caótica e incomprensible, en la medida en que no responde a nuestro recorte perceptivo, y, por consiguiente, a nuestro ordenamiento del mundo.

Proponemos revisar el supuesto de que, si encontramos un objeto adecuado, dispondremos del remedio para esta enfermedad de los dispositivos y de las teorías en las que estos se fundamentan. Aceptar que, si recetamos como cura para dicho mal, el ubicar un objeto claro y discernible, estamos asumiendo que el mismo está ahí, fuera de nosotros, y que podemos reflejarlo y describirlo. ¿Sería posible que incrementáramos, de este modo, los síntomas que nos preocupan?. Recurramos, entonces, a terapias alternativas: aceptemos que es nuestra propia delimitación, nuestro propio enfoque perceptivo, el que crea el objeto, de modo que podemos flexibilizarnos y dar por válidos aquellos dispositivos y objetos que van surgiendo con calidad de emergente; es decir, que no son producto de imposiciones consensuadas, sino de la práctica cotidiana. Validemos una Psicología Social multifacética, no afecta a los reduccionismos y que reaccione alérgicamente a ciertos tratamientos que prescriben linealizar y extirpar aquello que es vivenciado como tumor molesto, como lo azaroso, lo atípico y lo que ellas mismas designan corno lo incognoscible.

¿Es posible pensar que, para sentirnos seguros, hemos excluido del horizonte de nuestro quehacer las metáforas que nos confrontarían con la angustia y la sensación de caos? ¿Hemos buscado, acaso, certidumbres, erradicando del ámbito de incumbencia de la Psicología Social ciertas contradicciones? ¿Es posible plantearlas y abrir el juego a lo intranquilizante pero prometedor, construyendo nuevas metáforas?

Relataremos, a continuación, dos experiencias realizadas con talleres teórico-vivenciales diseñados para trabajar la flexibillzación de las fronteras según las cuales percibimos y las posibilidades de reconocernos como constructores del objeto que incluimos en nuestra percepción. Analizamos para ello, la metáfora ¿Salir a la Comunidad? lnvestigamos cómo la comunidad que da sentido a la existencia de nuestros dispositivos, queda ubicada fuera de los mismos. Trabajamos en dichos talleres, distintas alternativas para flexibilizar dichos límites.

Para contextualizar distinto, replanteando nuestra trama interna y nuestras ligazones con aquello que está ubicado afuera, es necesario descontextualizar y volver a contextualizar; revisando, necesariamente, nuestra identidad.

Revisamos, en esta experiencia, distintas ubicaciones que, en tanto psicólogos sociales, adjudicamos a la comunidad. Nos preguntamos a partir de este ejemplo, si la delimitación de un objeto para nuestra disciplina, construye fronteras entre aspectos que luego son percibidos ya como propios, ya como ajenos, mientras que otros no forman parte de nuestro campo perceptual. La intención, como veremos, no es totalizar nuestra percepción, sino saber que producimos, desde nuestro juego perceptivo, estas ubicaciones.

La primera experiencia surge de la constatación de un ejemplo, sin duda, por todos conocido; es el hecho de que, en ciertos congresos referidos a lo grupal, suele instalarse un espacio abierto a la comunidad. Ahora bien, el resto del tiempo, el evento, ¿está cerrado a la comunidad? Si bien en estos encuentros se intenta contextualizar distinto, nos parece un intento semifallido, ya que quienes realizamos el congreso estaríamos en un adentro, que debe abrirse para que se acerque la comunidad, pero esto último indica que la misma no dejó, por esto, de estar afuera.

Propusimos a los asistentes al taller que, con los ojos cerrados y en situación de autoconexión, tomaran contacto con los sentidos que implicaba para cada uno la palabra comunidad; luego se les solicitó abrir los ojos y trabajar sobre este tema en subgrupos; surgió al compartir lo producido en pequeños grupos, por ejemplo, una situación en la que aparecía la comunidad como aquellos a quienes había que ofrecer-hacer llegar una campaña de conocimiento y prevención del cáncer. Ante el asombro de quienes habían diseñado la campaña, sus destinatarios no mostraban especial interés en recibirla ni en acercarse o bien enviar delegados comunitarios que pudieran, a su vez, transmitirla a quienes se suponía que la necesitaban. Se pensaron, durante el desarrollo del taller, diferentes alternativas para dar cuenta de dicha desconexión entre la comunidad que necesitaba y quienes poseían las respuestas. Los asistentes a la experiencia recalcaron el efecto obstaculizante que podía haber tenido, en la situación, la categorización de los operadores en dos sectores: uno, que tenía, y otro -la comunidad- que no tenía. A continuación, cada integrante del taller llevó a cabo la experiencia del punto ciego utilizada por Von Foerster1. En un tercer momento, la consigna los orientó a dibujar, por subgrupos, la estrella y el círculo en una cartulina, y distribuir en la misma una lista de palabras que les suministramos en ese momento. Esa lista incluía las palabras comunidad, grupo, coordinador, observación, institución. El trabajo posterior fue muy interesante, ya que consistió en descubrir qué efectos provocaba en la percepción colocar más cerca de la estrella, por ejemplo, al grupo y al coordinador, y más próximo al círculo, por ejemplo, a la comunidad, y darse cuenta si esto podía conducir a que se perdiera de vista, en algún momento, al círculo y, por consiguiente, a la comunidad. Trabajamos con distintas posibilidades que surgían de esta propuesta y planteamos que era ineludible centrarse más en algún aspecto, perdiendo, en parte, de vista, al otro. Si bien no es posible ni deseable una percepción totalizadora, sí es fundamental tomar contacto con que construimos lo percibido en cada momento según cómo nos ubiquemos y a qué aspectos prestemos atención.

En otro taller diseñado para presentar esta temática, se les pidió a los asistentes que, con los ojos cerrados y, en situación de autoconexión, trataran de percibir una plaza: cómo es, qué sonidos, olores, imágenes, etc, podían percibir. Luego de abrir por un momento los ojos, se les pedía que los volvieran a cerrar y trataran de percibir nuevamente la plaza, pero ahora ubicados en algún personaje específico, que cada uno tenía que seleccionar: maestro con sus alumnos, vendedor de helados, cuidador de la plaza, etc. Al abrir los ojos, se les solicitaba que pusieran la atención en las diferencias que pudieran haber surgido en la percepción de ambas situaciones. En este momento sucedía algo muy interesante: la mayoría de las personas decía que no habían podido percibir nada distinto entre la primera consigna y la segunda. Al seguir investigando, surgía que uno de los asistentes al taller comentaba que, en el segundo momento, había visto más lejos, pero que seguramente eso no era percibir distinto. Luego comentaba que, primero, había visto sólo adentro de la plaza y que, en la segunda ocasión, percibió también lo que la rodeaba: por ejemplo, los edificios de enfrente. Podemos pensar que nuestras modalidades de percepción están tan naturalizadas en nosotros que, no sólo no percibimos lo que percibimos, sino que no percibimos cuándo percibimos distinto. Cada posibilidad distinta de percibir se relacionaría con distintas modalidades de contextualizar y, por consiguiente, de construir la propia situación y la del otro.

Ahora bien, ¿qué implicaría entonces descontextuallzar para contextualizar distinto? Revisar nuestros prejuicios, uno de los modos de ver que no veo. Preguntarnos por ejemplo qué es la comunidad para cada uno.

Recientemente hemos trabajado, con asistentes a un seminario que tuvo lugar en Brasil, esta ubicación de distintos aspectos, según las contextualizaciones que realizamos. El taller tenía como objetivo relacionar la Psicología Social y la Observación y Coordinación de Grupos con temas de los Nuevos Paradigmas. Tuvo lugar, durante el mismo, una búsqueda de nuevas metáforas, que nos permitieran revisar las ajenizaciones, reconociendo que siempre tendremos puntos ciegos, que la cuestión no es completar la visión, sino saber que, necesariamente, hay puntos que no percibimos. Trabajando estas posibilidades de metaforizar más permeablemente lo grupal para que no quedara tan disociado en la percepción el afuera y el adentro del grupo, surgió, como producto grupal la idea de pensar en dos modalidades posibles de vínculos, ejemplificados por medio de aspectos de la vida cotidiana en Brasil, que permiten que la gente, sin estar compartiendo un tiempo y un espacio definidos y cara a cara, se percibiera a sí misma como grupo. Los participantes del evento sugirieron hablar de grupos tácitos y de grupos implícitos. Se denominó tácitos a los vínculos grupales configurados por las personas que, desde los otros, son ubicados en cierto entramado, que no juegan abiertamente su grupabilidad, pero que, sin conocerse personalmente, saben que están ahí. Un ejemplo de grupo tácito estaría dado por quienes saben y conocen el tema y modalidades de circulación de droga, con una actitud de oposición a la misma, pero que por miedo o bien debido a amenazas directas, no hablan de ello. Un ejemplo de grupo implícito, lo suministra el vínculo entre personas que, sin conocerse previamente cara a cara, se reconocen como teniendo códigos, necesidades e ideas comunes cuando surgen ciertas circunstancias. En este caso, funcionan grupalmente de modo espontáneo, por ejemplo cuando se quiere fracturar un barrio por el medio para tender una autopista. Se trata de relaciones vinculares que, en la medida en que su principal objetivo no es perpetuarse a sí mismas, están como entretejidas en el diseño social. Es factible plantearlos como vínculos latentes que emergen adoptando multifacéticas configuraciones grupales en ciertas situaciones de cotidianeidad. Fue muy interesante la emergencia de estos ejemplos durante el desarrollo del seminario, porque muestran modos de percibir lo grupal como un diseño cuyo propio entramado configura la comunidad, más que como una figura cerrada y autosuficiente que la ubica afuera. El sentido de los dispositivos que puedan surgir en estos casos, es contextual. La red es abierta y permeable a las distintas condiciones que ella misma va generando, tanto como es móvil y variable el número de participantes de la misma.

Retomemos, ahora, el tema del Objeto, que es llamativamente el objeto de nuestro trabajo. La Psicología Social ¿puede ser la misma en la Argentina que en otros países? ¿Puede ser planteada del mismo modo en diferentes zonas de Argentina? Dado que nuestra praxis va adquiriendo especificidades según los otros con quienes vamos produciendo encuentros, ¿somos los mismos, los psicólogos sociales, en cada contacto diferente? Tampoco la praxis es idéntica desde configuraciones teóricas distintas.

Tener en cuenta las diferentes contextualizaciones posibles, nos obliga a implicarnos, a contextuallzar desde distintos adentros en cada ocasión. Contextualizar flexiblemente la Psicología Social conduce, por consiguiente, a un replanteo crítico de la propuesta de índole positivista de delimitar un objeto específico para cada disciplina. Se trata de una pretensión que, si bien ilusiona con la completud de lo que podemos decir acerca del objeto, produce como efecto, linealizaciones que empobrecen y cierran nuestras prácticas sobre sí mismas. Hasta el punto de que hoy sentimos que la supervivencia de nuestro dispositivo está en juego, ya que no nos instrumentan para enfrentar las problemáticas claves de nuestro tiempo. Plantear el objeto en los términos mencionados, conduce a una diferenciación drástica entre sujeto y objeto, y afirma la posibilidad de que el primero dé cuenta en abstracto y en general, del segundo, independientemente de cómo, dónde, cuándo, se produce la interacción entre ambos y sobre qué supuestos.

No tiene, por lo tanto, sentido definir fuera de contexto ni el objeto ni el método de una ciencia. Dado que el hacer científico responde a problemáticas que emergen para ciertas personas en contextos específicos. Toda vez que en lugar de abrirse a lo específico de cada situación, se intenta generalizar y se convierte a los dispositivos en fines en sí mismos, más que en medios, surgen malentendidos, como el efecto cristalizable ya mencionado, producto de tomar como sinónimo a la Psicología Social y al Grupo OperatIvo.

Tomemos otro ejemplo, la formulación pichoneana del vínculo como obieto de la Psicología Social. Es conocida la apertura que produjo esta propuesta, que, sin duda, emergió como respuesta a cierta situación social y subjetiva cuyo análisis queda aún pendiente. Se abrieron posibilidades prácticas y teóricas. Pero las mismas se fueron estereotipando y produciendo cierres, en la medida en que las tomamos como la Psicología Social en general. Otros contextos, otros entramados vinculares, requieren sin duda, otras propuestas desde una Psicología Social, que emerja, en cada caso, del entramado vincular del que ella intenta dar cuenta, pero que es, a su vez, el que suministra sentidos, códigos y abanicos posibles de cambio.

Por otro lado, surge una pregunta que, desde la ética, cuestiona quiénes somos nosotros para dictaminar acerca del objeto de la Psicología Social. ¿No supone esta ubicación el conocimiento absoluto de todas las circunstancias contextuales, de todas las dramáticas sociales y subjetivas? ¿Cuál es, entonces, la propuesta que, sin ser omnipotente, permita las distintas praxis y respete e incluya los multifacéticos contextos humanos? Proponemos una Psicología Social cuya mirada implique apertura a los vínculos, teniendo en cuenta que los mismos pueden implicar muy diferentes sentidos en diversos contextos. Una Psicología Social que emerja como una praxis, en el sentido de teoría y práctica y que dé cuenta de mí, como psicólogo social, inmerso en mi propio enfoque y jugando mi propio juego en mi práctica. Una Psicología Social que dé cuenta de lo diverso, tanto como de lo igual, que abra puertas al azar y al misterio y en esa apertura impulse la emergencia de distintos dispositivos posibles, según el contexto, que, lejos de ser aquello que me rodea desde afuera, es lo que me construye y me implica desde adentro.

1 Nota:
H.
Sostengan la hoja con la mano derecha y cierren el ojo izquierdo, tapándoselo con la mano izquierda si es preciso. Mantengan la hoja delante de ustedes y dirijan la vista hacia la estrella; luego muévanlo hacia atrás y hacia adelante, a la altura de la línea de división de sus ojos. Notarán que, de pronto, en cierta posición que puede estar más o menos a unos 20 o 30 cm. del ojo, el círculo negro desaparece de la vista. A este fenómeno se lo llama "Punto ciego".

Bibliografía
Jasiner, Clara- Voyer, Hilda: Nuevas fronteras de observación. Ediciones Cinco. 1995
Lakoff, George – Johnson, Mark: Metáforas de la vida cotidiana. Editorial Cátedra. Madrid. 1991
Morín, Edgard: El Método. Editorial Cátedra. Madrid. 1985
Najmanovich, Denise – Dabas, Elina: Redes. El Lenguaie de los vínculos. Editorial Paidós. Buenos Aires. 1995
Najmanovich, Denise: ¿Nuevos Paradigmas?. Paradojar. (Artículo publicado en el diario "Página 12").
Pichón- Rivière, Enrique: El proceso grupaL Del Psicoanálisis a la Psicología Social. Nueva Visión. Buenos Aires 1972

 

 

Autor: Clara Jasiner

Fuente: Campogrupal.com

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